Hoy en día es muy difícil tener 20 años y con esto no quiero decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, simplemente afirmo que no es fácil vivir en el mundo que le ha tocado vivir a toda una generación cuya especialidad es la búsqueda activa de empleo y no la que dice en su título universitario.

Cada día en las aulas me encuentro con un montón de jóvenes que luchan contra un etiquetado social que se les ha impuesto pero que os aseguro nada tiene que ver con la realidad.

Todos comienzan ilusionados su camino en la universidad, su motivación es muy alta y no hacen nada diferente de lo que hicimos generaciones anteriores. De hecho son frecuentes mis conversaciones con otros compañeros docentes donde les pregunto ¿tú no lo hacías?, de verdad ¿qué nunca faltaste a clase?, ¿qué nunca te dormiste?, ¿que nunca tuviste tentaciones de sacar los apuntes en mitad de un examen o de inventarte una falsa gripe que te salvara de ese parcial que no habías preparado?.

Masters, idiomas y buenos expedientes

La diferencia radica en que a medida que nosotros pasábamos de curso las expectativas de futuro se hacían mayores. Los masters por aquella época eran un elemento diferenciador, ahora son una obligación. Los idiomas un reto que te aseguraban un puesto de trabajo, en la actualidad solo te aseguran el play off que juegan los equipos de segunda para pasar a primera. El primero de la promoción siempre era un gran fichaje, en estos momento únicamente obtiene el reconocimiento al mejor expediente. La incorporación a una empresa donde te habían tenido en periodo de prueba un hecho, para nuestros jóvenes solo son unos cuantos créditos que necesitan para finalizar sus estudios y así un largo etcétera que evidencia que determinadas leyendas urbanas son solo eso leyendas.

Tenemos la mejor promoción de estudiantes de todos los tiempos, están preparados para afrontar cualquier reto pero no encuentran donde hacerlo. Muchos de ellos no tienen medios para continuar estudiando y otros muchos sienten la necesidad real de empezar a trabajar, pero no saben por donde empezar. Las oportunidades escasean.

«Dar cera pulir cera» La paciencia del que enseña

Lo siento, pero a mi ya no me valen los discursos rancios y manidos de las empresas que insisten en decir que formar les resulta incómodo y caro, y os aseguro que son muchas. Fueron demasiados años coordinando prácticas empresariales. Mucho tiempo viendo como se escapaba el talento.

Conozco perfectamente a las dos partes y son demasiados los chicos que renuncian a unas prácticas remuneradas y buscan el nombre de una gran empresa que revalorice su curriculum para que en un futuro una pequeña les de una oportunidad. Son muchos los que tras una labor impecable ven como su paso por la empresa se transforma en un «sin pena ni gloria» porque los tres meses no les han servido para nada y son muy pocos los que llegan a tener una mesa y un portátil. Hay, incluso, una minoría que logra pasar del anonimato para tener nombre y apellidos, aunque solo sea para poner un café.

Tres grandes pequeñas empresas

Recuerdo cuando yo hice mis prácticas. Tres empresas. Tres grandes pequeñas empresas. La remuneración fue lo de menos. La primera me becó para realizar mi doctorado, la segunda me enseñó prácticamente todo lo que se de turismo y la última me incorporó después de tres meses y fue mi gran escuela del marketing.

Os aseguro que esto que era lo habitual, ahora mismo no lo es. Más de 100 estudiantes han pasado por mis manos en un periodo de tres años y puedo contar con los dedos de una los que lo han «logrado». Más de 100 estudiantes de los cuales muy pocos están trabajando, jóvenes de 23, 24 y 25 años que solo esperan cuando comienzan su andadura universitaria lo mismo que esperábamos nosotros. Jóvenes con dobles grados, que han tenido estancias en el extranjero, que hablan perfectamente inglés, que tienen inquietudes y ganas de aprender. Que están enamorados y quieren empezar una vida con su pareja, que les gustaría ser padres, que buscan opciones y no las encuentran.

¿Perezosos? ¿vagos? ¿sin iniciativa? «haberlo, haylos» pero igual que los había hace 15, 20, 25 o 30 años, e igual que los habrá dentro de 40, 50 o 60.

La culpa fue del «cha, cha, cha»

Podemos echar la culpa al sistema educativo, lo se, no es el mejor. Podemos echar la culpa a una generación con una baja tolerancia a la frustración, a unos padres que no les han sabido decir que no, lo que les lleva a no respetar la autoridad, incluso podemos echar la culpa a grandes o pequeños empresarios. Pero lo cierto es que mientras todos nos echamos la culpa tenemos a un grupo de jóvenes que no tienen claro que va a ser de ellos a pesar de estar «sobradamente» preparados.

Cuando el alumno supera al «maestro»

Dentro de un mes se gradúa una nueva promoción, chicos a los que he visto llegar en primero. Estaban nerviosos, se sentían mayores, eran, en muchos casos, irreverentes. Buscaban su sitio. Cuatro años después, muchos de ellos, se han convertido en hombres y mujeres que, además, de vestirse de largo ese día, saben que comienzan una nueva etapa. Y lo mejor de todo, es que, a pesar de los pesares, lo hacen nuevamente ilusionados. Esa es la lección que ellos me enseñan a mi. ORGULLOSA.

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