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Socorro, Tinder me tiene secuestrada

¿Qué hace una profe de universidad, directora de comunicación, investigadora a tiempo parcial, articulista, doctora y bloguera, mami de dos niños y, en principio, equilibrada en sus afectos en Tinder? Hoy me desnudo un poquito.

 Un artículo escrito desde la ciencia, la experiencia y el corazón.

Hace ya tiempo que las redes sociales de contacto despertaron mi interés. En la era de las nuevas tecnologías y la automatización, parece lógico que las relaciones interpersonales se vean igualmente afectadas por algoritmos que valoran cual debe ser tu posicionamiento dentro de un complejo entramado de fotografías y descripciones, donde los sentimientos se moldean a base de impactos visuales, sin tener en cuenta que el cerebro solo está preparado para valorar a una persona tras verla en movimiento.

Realmente nos enfrentamos a verdaderos modificadores de las respuestas cerebrales, ya que estas redes sociales no solo han producido un profundo cambio en la forma de relacionarnos, sino también en nuestra neurobiología. La razón fundamental es que suponen un golpe químico para la región cerebral que procesa las recompensas.

Sin embargo, como en todo, existe una cara A y una cara B. La A sería, sin ningún género de dudas, la posibilidad de llegar a personas que de ninguna otra manera hubiéramos conocido, a parte de contribuir a matar ciertas horas muertas de nuestro día a día, permitiéndonos minimizar el impacto de la punzadita de la soledad.

Por su parte, la cara B está más relacionada con algo que quizás no siempre tenemos en cuenta. Y es que todos y cada uno de los perfiles que aceptamos o rechazamos son reales, y todos y cada uno de ellos tienen una historia que contarnos que, en muchas ocasiones, se queda en un simple «hola», porque lo que nunca hubiéramos hecho en la vida «que se toca, se palpa y se siente», si lo hacemos en la vida virtual, desaparecer, sin ni siquiera responder a un saludo que no sabemos cuanto esfuerzo le ha costado a la otra persona enviar, y esto no se llama amor ni compromiso (me refiero al hecho de responder), se llama educación.

¿Qué es TInder?

En estos momentos la red social de moda de contactos parce ser Tinder. Al menos las cifras que se mueven en relación con el número de usuarios activos asustan.

El funcionamiento de la red es muy simple. Cada usuario deberá crear un perfil en el que puede subir hasta seis fotografías y describirse en un máximo de 500 caracteres. Una vez que el perfil se ha completado comienza el juego.

En ese mismo instante, tendremos acceso a los perfiles del resto de los usuarios del sexo que hayamos seleccionado, desplazando hacia la derecha aquellos que nos gusten y hacia la izquierda aquellos que no consigan atraernos lo suficiente.

Lo cierto es que en la era del big data, asusta poder tomar decisiones con tanta información, ¿verdad? (ironía). Supongo que nadie dijo que fuera a ser justo.

Las cuestión es que, si dos usuarios coinciden y ambos desplazan a la derecha hacen un match. La buena noticia es que pueden empezar a hablar, la mala es que la mayoría de las veces cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, y son muy pocos los que realmente entablarán una conversación.

Aun así … ¡la emoción está servida!

Dicen las malas lenguas que es el momento en el que nosotras comenzamos a deshojar la margarita, sin embargo creo que esto es un tópico. La proyección no es exclusiva de las mujeres, todo depende de que estés buscando ¿encontrar?.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el circuito de las recompensas?

Como siempre es importante empezar por el principio.

Entender el circuito de recompensas supone detenerse en sus tres componentes fundamentales:

  1. El componente emocional o placer causado por las recompensas.
  2. El componente motivacional o motivación que se obtiene con la recompensa, y
  3. el componente cognoscitivo, o aprendizajes generalmente realizados por acondicionamiento.

Atendiendo a estos tres componentes explicar qué es lo que nos pasa cuando utilizamos las redes de contacto y, más concretamente Tinder, es mucho más sencillo.

En primera instancia, la región del cerebro que procesa las recompensas químicas se verá alterada cuando comenzamos a ver caras atractivas en la red, algo que sumado a la imprevisibilidad de recibir un match o que alguien conteste a tu mensaje, incrementará de forma irremediable nuestra actividad (¡viva la dopamina!).

Como consecuencia, podríamos afirmar que un match o mensaje es el equivalente a la recompensa y la motivación dependerá del objetivo fijado en Tinder por el usuario.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que aunque en un principio la dopamina (de esto saben mucho los amantes del riesgo: léase puenting, barranquismo o casados buscando no se muy bien el que), únicamente se activa cuando recibimos el match o la respuesta a nuestro mensaje. Por su parte, el componente cognitivo o de acondicionamiento producirá en un futuro no muy lejano, sensaciones de placer que anticiparán el que puede pasar. Siendo esta la razón por la que Tinder puede llegar a convertirse en algo adictivo.

Cuando el placer comienza a ser un castigo

La realidad es que no estamos haciendo referencia a nada nuevo, los psicólogos funcionalistas ya definieron el término recompensa como cualquier estímulo o eventualidad que aumenta la probabilidad de ocurrencia de una determinada conducta (¿por qué no puedo dejar Tinder? he pausado o cerrado la cuenta, he borrado el perfil, me he mordido las uñas y hasta me he comido los nudillos, pero siempre vuelvo, puñ … fichitas).

Centrémonos en el paradigma clásico (cuidado que esto asusta)si una rata hambrienta (se que no es muy agradable, pero lo dicen los clásicos)  presionara una palanca de su jaula porque cada vez que lo hace obtiene una porción de comida seguiría presionando de forma continua y continuada,  pero si recibiera una descarga eléctrica dejaría de hacerlo.

Tinder me ha dado más de … descargas (no sería correcto decir el número,  pero ¿sigo presionando la palanca? ¿cuál es la razón?).

Sencillo, en un primero momento sabemos que el hecho de deslizar perfiles hacia la derecha nos ofrece más garantías de éxito, lo que nos conduce a aumentar nuestra actividad en la red de forma exponencial (apretamos la palanca y tenemos comida), ¿pero que ocurre cuándo no recibimos la respuesta que esperamos y las coincidencias no existen? (descarga).

Muy probablemente no disminuiremos la actividad, sino que que la intensificaremos motivados por la consecución del objetivo final.

Es cierto que la emoción irá bajando pero la única manera de volver a sentir el «subidón» será con nuevos matches, mensajes y citas. Eso sí, mientras tanto nuestra autoestima y seguridad en nosotros mismo bajarán y bajarán y bajarán (¿no soy lo suficientemente atractiva? ¿qué ogro llevo dentro para que ningún hombre cierre una segunda cita? ¿el universo se ha confabulado para que me toquen todos los hombres que únicamente buscan sexo?).

El peligro en esta práctica es que centramos nuestra valía en lo que conseguimos y no en lo que somos (puede aplicarse a otros aspectos de la vida).

Los DOS pecados capitales de Tinder

Teniendo en cuenta todo lo dicho anteriormente, me centro ahora, en los dos grandes pecados capitales de Tinder consecuencia de una sociedad moderna y avanzada (otra vez, ¿ironía?).

La paradoja de la elección: el parálisis por análisis

Creo que ha quedado claro que redes sociales como Tinder nos abren todo un abanico de posibilidades sin precedentes. Sin embargo, son muchos los psicólogos que piensan que tener mucha libertad (no se porque lo llaman libertad, cuando quieren decir cantidad) no nos hace ni más libres, ni más felices.

El problema reside en que tener tantas posibilidades nos invita a probar una y otra vez, puesto que nunca estaremos seguros de estar tomando la decisión adecuada (normal, hemos subido el volumen de los matches y bajado el de los sentimientos, una pena, ciertamente).

Al final nos metemos en un callejón sin salida, donde siempre podemos caer en el error de pensar que podemos encontrar a alguien más atractivo, inteligente, etc. (bla, bla, bla), es más, nuestro nivel de compromiso (nadie habla de matrimonio) se diluye ante el más mínimo contratiempo (pobres mariposas), porque siempre podemos volver a empezar (por cierto, fantástica película).

En este sentido, Schwartz habla sobre «la paradoja de la elección». Lo que dice es que tener tanta oferta para elegir tiene dos efectos negativos: uno, paradójicamente (mira que me gusta esta palabra), es que produce parálisis más que liberación.

El otro es que, cuando logramos tomar una decisión, acabamos menos satisfechos con el resultado de esa elección (uno eligió A pero imagina que haber elegido B hubiese sido mejor).

La Inmediatez: lo quería para antes de ayer

¡Cuidado! Ese es el mayor riesgo de Tinder (lo dicen los expertos). Es la ansiedad de la gratificación inmediata, lo quiero ya y ahora.

Cuando sabes que algo puede ser conseguido ya, esperar a mañana puede resultar frustrante, aun cuando pase lo que pase siempre es lo mismo. Prácticamente las mismas conversaciones y las mismas citas (¿dónde estás que no te encuentro?).

Ufff …

Conclusión

Hace unos días, alguien me dijo que «Tinder, lo carga el diablo». No se si esto es verdad o mentira, lo que si se es que es una herramienta diseñada con el fin de que dos personas se conozcan, y que el uso de la misma depende más de nosotros que de la propia herramienta.

Quizás debamos plantearnos que el daño que hacen estas redes sociales no tenga el origen en las mismas, sino en el mundo que nos ha tocado vivir.

Hemos convertido el sexo en una tarifa de datos ilimitados, mientras que el amor y el compromiso se han visto relegados a 200 minutos de llamadas gratuitas, y, además, tenemos muchos operadores de telefonía que nos ofrecen paquetes personalizados a precios exclusivos (¿Tinder Gold o Tinder Plus?).

Aun así, reconozco que mi experiencia no ha sido mala, (ya se que esto es como decir que se lo que no quiero, y no lo que quiero).

No se si volveré a darle a la palanca en busca de lo que sea, pero lo que si se es que he conocido a personas, que no fichas, maravillosas, con sus historias, sus encuentros y desencuentros y que de todas ellas, he aprendido algo, y es que la magia del amor no está en una app para ligar, está en la línea que separa lo real de lo imaginario, y que se sitúa entre el corazón y la imaginación, y que con el tiempo nos devuelve la pasión de una mirada tan fugaz como una estrella, pero tan intensa como la vida misma.

Para el príncipe azul, para el príncipe verde y para el príncipe morado. Para el rosa, el rojo y el naranja. Para el que invitaba, para el que invité y para el que pagamos a medias. Para el intenso, el celoso y el frío. Para el que desapareció, y para él que nunca llegué a conocer. Para el que se fue, para el que nunca volverá, y para el que quizás regrese.

En definitiva, para el hombre policromático.

¿Nos vemos crecer en Tinder?

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