Cuento de princesas

… y la que aprendía … era yo …

Recorrer Madrid caminando. No perder nunca la costumbre de comprar el periódico. Olvidarme las llaves dentro de casa. Reír hasta llorar o llorar hasta quedarme dormida. Desconectar el teléfono y detenerme un ratito en el qué está pasando. Sentir que la vida es maravillosa. Beber un vino en Casa Lucas o comer croquetas en Casa Labra. Cocinar unas lentejas de las de la abuela.

Recoger a mis hijos del cole. Madrugar bajo la premisa de que al que madruga Dios le ayuda. Un atardecer cerca del mar o un amanecer en los Picos de Europa. Londres, París o Venecia. Cercedilla, Cudillero o Potes.

Respirar para vivir y no vivir para respirar. Caminar disfrutando del paisaje. ¿Corazón y cabeza, o cabeza con corazón?.

Un arroz con Bogavante en la Mar Salada. El rugido de mi Cantábrico. El silencio del que escucha y la rabia del que espera. Una «botellina» en el Patio o un albariño en casa Zoilo. Un brindis que no termina. La playa de los Quebrantos. El Puente de Toledo dándome los buenos días y la cúpula de San Francisco el Grande las buenas noches.

El tren que nunca llega. Un andén vacío. El metro en hora punta. Ganas de seguir viviendo. Respuestas que sólo da el tiempo y relojes que marcan las horas.

La quietud de los 40, la prisa de los 41, el descanso de los 43 y la plenitud de los 44. Las clases que me alimentan. La M-30 atascada. Las tormentas de verano y la nieve del invierno.

Los proyectos que se agolpan. Los tacones que me hacen daño. Las botas militares que se quedaron en la adolescencia. Las canas que no perdonan. La manicura permanente. Los deseos que no controlas y los caminos que no se encuentran.

Una tortilla de patata. Boquerones en escabeche. Los deberes de los niños. Reuniones a deshora. El ordenador que nunca se apaga y la cabeza que nunca descansa.

Mi casa, mi refugio, mi hogar. Las obras que comienzan. Decisiones que se toman. La ventana que permanece abierta. La brisa que se añora. El calor de un beso tierno. Mamá que tengo miedo. La mano que todo lo puede y el padre que nunca me abandona.

Reflexiones en voz alta. La profe que nunca duerme. La doctora que nunca calla. La mujer que siempre vive.

Un nuevo curso. Una nueva ilusión. 18 años enseñando sin saber que la que aprendía era yo.

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