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A mí me gusta el rosa, ¿y qué?

Hombre y mujeres no somos iguales. Otra cosa diferente es que atendiendo a esta diversidad:

  1. socialmente no se nos reconozcan los mismos derechos que a los hombres,
  2. se nos cierren puertas, o
  3. se nos identifique con ciertos roles que nos alejan de otros que por cuestiones más históricas que conspiranoicas, nos llevan a ocupar sitios reservados exclusivamente para nosotras por razón de sexo.

Vivimos un momento de cambio. Un cambio que no está limitado únicamente a ciertas esferas reservadas para el debate radical abierto por ciertos sectores sobre cuál debería ser el camino para superar las discrepancias surgidas en este tema tan abrupto donde, a veces, siento que la balanza se inclina a favor de los unos y los otros (depende del momento), y que impide llegar a un consenso en «pos» de un equilibrio donde la brecha abierta parece cerrarse en falso.

Y es que se mire por donde se mire «mi beneficio no debe convertirse en tu castigo», y si tenemos que luchar creo que es mejor que lo hagamos todos desde la misma trinchera para no convertir la lucha en guerra, sino más bien conseguir que esta lucha sea sinónimo de avance.

El enemigo no es el hombre.

Los enemigos son los hombres y las mujeres que continúan posicionándose en extremos donde se «machaca» literalmente al contrario.

Ya que mientras los primeros siguen viéndonos (a las mujeres) como meros instrumentos dentro de una economía doméstica. Ellas (las segundas) caricaturizan lo masculino ridiculizando e infravalorando la aportación del hombre a una sociedad que parece moverse sin complejos y donde cuestionar la validez de un piropo nos ha llevado a perder ciertas raíces castizas, entendiendo que «pichi» era un maltratador o que «buscar un hombre que te quiera y que te tenga llenita la nevera» tuvo su origen en los cuentos de los hermanos Grimm y consolida el falso mito del amor romántico.

¡Demagogia! Por favor ¡no banalicemos! Si la libertad sexual es sinónimo de la «Isla de las Tentaciones», yo me bajo del carro.

Todos debemos aprender a convivir en un espacio donde hay sitio para hombres y mujeres. Dejar de colgarnos medallas o «San Benitos» que no nos corresponden y darnos cuenta que estamos abocados a entendernos, a acercar posiciones, pero sobre todo a ser justos en reivindicaciones y acciones, para «no pasarnos al lado oscuro».

Recordemos que de la misma manera que nosotras tenemos derecho a estar en ese mundo que hasta la II Guerra Mundial era irremediablemente masculino, debemos permitir que el hombre entre en ese mundo eminentemente femenino (relativo a la mujer) y del que parece no podemos desprendernos.

Compartamos la maternidad, se que madre no hay más que una, y padres ¿cuántos hay?

Endurezcamos las penas del que maltrata.

Ninguna, y cuando digo ninguna es ninguna, persona se merece que la agredan, violen o maten por su condición de mujer, pero cuidado, tampoco ningún hombre en su condición de hombre.

Si existe una ley sobre violencia de género que sea una ley que también tome en consideración una realidad de la que es complicado hablar sin que caiga encima de ti el peso de lo social: porque hace tiempo que decidimos dividirnos en víctimas y verdugos.

¿Hablamos de la invisibilidad de de muchos hombres que son denunciados injustamente, que no ven a sus hijos o que aguantan los «famosos carros y carretas» por miedo a perderlo todo si se van de su casa? o ¿esto no es políticamente correcto?.

«Haberlos haylos» (arcaísmo gallego), pero no son todos. Tenemos la obligación moral y la posibilidad de transmitir a nuestros niños y adolescentes que para que unos ganen no es necesario que otros pierdan, si todos, absolutamente todos vamos «a una».

Yo quiero vestirme rosa, y no creo que sea menos mujer por ello. A ti ¿qué color te gusta?

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